Guanoco es un tesoro olvidado en el oriente de Venezuela (I)

 
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Pocos venezolanos conocen que el lago de asfalto natural más extenso del mundo está en el estado Sucre. Mucho menos, que a finales del siglo XIX e inicios del XX fue explotado y el producto utilizado para pavimentar calles de Nueva York, Washington y otras ciudades de Estados Unidos. Hoy el rico yacimiento está abandonado, aunque tiene reservas estimadas en 75 millones de barriles

Una trocha sinuosa y agreste, por donde sólo pasan hombres, bestias y vehículos rústicos, termina abruptamente en Guanoco, un caserío centenario de poco más de 300 habitantes que se quedó anclado en la miseria, añorando un tesoro perdido.

En su única calle de tierra y barro, numerosos vestigios de un opulento pasado se oxidan al sol, o sirven como tanques de agua para los animales y humanos. Sus habitantes, agricultores iletrados y cazadores en su mayoría, cuentan con resignación que desde hace 20 años no hay luz eléctrica en el pueblo. Aunque parecen haberse acostumbrado, dicen esperar el día, quién sabe cuándo, en que la electrificación y el empleo lleguen de una vez y para siempre a Guanoco.

Goma de la tierra

El lugar –extremo sur del municipio Benítez del estado Sucre, al oriente de Venezuela- se hizo famoso mundialmente a finales del siglo antepasado (1890), cuando una empresa estadounidense, la New York & Bermúdez Company, comenzó a explotar un enorme yacimiento de asfalto natural cercano que según el geólogo y profesor universitario Orlando Méndez, sigue siendo el más grande del mundo en reservas (estimadas en más de 75 millones de barriles) y extensión (4 millones de metros cuadrados).

--Las calles de Nueva York fueron asfaltadas con brea de aquí, y mire cómo estamos viviendo nosotros, olvidados en este charquero- recuerda el campesino Alberto Bonillo, recitando una historia que se ha extendido entre varias generaciones de lugareños, a lo largo de 70 años.

Y está en lo cierto, pese a que, como muchos de sus vecinos, jamás pisó una escuela, lo más lejos que ha llegado es a Carúpano y no sabe de letras ni escritura. También se queda corto, pues Méndez confirma que la pasta negra de Guanoco cubre no sólo calzadas de la Gran Manzana, entre ellas la 5ª Avenida, sino además de Washington (Pennsylvania Street), Detroit (Woodward St.) y otras ciudades de Estados Unidos.

No se sabe con exactitud quién descubrió el lago de asfalto ni de dónde proviene su nombre. Méndez –experto petrolero que ha dedicado gran parte de su carrera profesional a estudiar el fenómeno- dice que Alejandro de Humboldt lo mencionaba en sus crónicas (1799-1804) como “el manantial del Buen Pastor”.

Hoy, los nativos coinciden en relatar que Guanoco era un indio warao que hace mucho tiempo cruzó el caño, se internó en la selva y llegó con los pies manchados contando que había pisado un líquido pegajoso, oscuro y maloliente que brotaba de la tierra y se perdía de vista en todas direcciones.

Desde entonces, los aborígenes lo utilizan para calafatear sus canoas. De hecho, este es el único uso que se está dando hoy, porque los “gringos” abandonaron la mina en 1934 –luego de 39 años de explotación- y el estado venezolano jamás la ha aprovechado.

Monte adentro

Bonillo se ofrece como guía hacia el lago de asfalto de Guanoco, aunque alega necesitar refuerzo de baquianos experimentados porque en diciembre, período de lluvias, el camino “está malo y ni los indios quieren ir”.

Al yacimiento se llega sólo a pie o en helicóptero. La travesía caminando se hace a lo largo de una angosta trocha de 15 kilómetros abierta en el siglo XIX por los norteamericanos con mano de obra trinitaria y criolla, por donde aún quedan restos rojizos de los vagones y rieles que hace más de cien años cruzaban la selva para llevar la brea hasta el muelle de Guanoco, donde era embarcada en grandes buques que la transportaban sin alcabalas a Norteamérica.

Salimos a las 6:00 de la mañana, con el cielo aún oscuro. A las 6:25 ya había amanecido y navegábamos en una curiara sobre un caño lodoso donde abundan las babas, culebras de agua, los tembladores y unos achatados peces voladores de cuatro ojos conocidos como zipoteros, que nadan al ras de la corriente pegando grandes saltos y parecen sapos cuando flotan en la superficie.

Al grupo se había unido Juan Enrique Pino (“El Negro”) y en el lugar donde la vía férrea cruzaba el río, aguardaba Julio García (“Jefe Cabeza Grande”), nativo de la etnia warao que accedió a llevarnos hasta el yacimiento, no sin antes advertir que no era la mejor época del año para recorrer ese camino.

García conserva los rasgos y las lejanas costumbres de sus antepasados, menos el nombre. Cuando subió a la canoa asía un machete, calzaba botas de hule y de su hombro colgaba un rudimentario bolso de donde nada sacó en todo el trayecto.

Bonillo tuvo la precaución de llevar un chopo, pues el jefe de la comunidad indígena de Los Barrancos, suegro de nuestro baquiano, le había avisado que por el monte merodeaba un tigre y quizás hallaba buena cacería.

Dejamos el bote a las 6:40 am, con el convenio de que volviera por el grupo a las 4:00 de la tarde. Un aguacero pertinaz cae desde la madrugada. El sendero es espeso, angosto y accidentado. Al principio hay que sortear un intrincado tramo con el lodo hasta las rodillas, mientras “Cabeza Grande” derriba a machetazos la enmarañada maleza, cuidándose de no alborotar a las temidas avispas “lengua de vaca”.

De vez en cuando, despojos de acero enmohecido recuerdan el distante paso de los furgones cargados de asfalto por esta zona inaccesible. Tras una hora de barro, el suelo se hace más sólido y una familia de araguatos pega alaridos mientras salta entre las ramas. El zumbido de los moscones y zancudos se mezcla con el canto de las aves y el indio divisa con su ojo de garza una huella fresca de felino.

El susto y el respiro duran poco, pues media hora después atravesábamos una tortuosa ciénaga con el agua hasta la cintura, que traza una ancha frontera entre la jungla y el amplio llano donde reposan a la deriva y silvestres miles de millones de litros de asfalto en su estado natural, expulsado desde hace siglos de las profundidades de la tierra.

--Ya estamos pisando la brea- indica “El Negro” escarbando el piso cubierto por una masa oscura, sobre una planicie donde crece el pasto y unas florecillas rosadas desafían a la naturaleza irguiéndose rozagantes sobre la capa de petróleo.

Para cruzar la laguna de un extremo a otro se requiere una hora andando entre enormes burbujas (menes) formadas con los años, las cuales al estallar y solidificarse semejan pequeños volcanes. Los restos de “la compañía” que no fueron saqueados para fundirlos en las acerías permanecen a la intemperie, pudriéndose bajo el sol y la lluvia.

Grandes tanques aún con brea en sus entrañas y tuberías abandonadas que se desmoronan al tocarlas yacen regadas en un cementerio de chatarra. A lo lejos se divisan las dos perforaciones que todavía –113 años después- siguen manando resina oleosa sin ayuda alguna.

-Voy a orinar sobre millones de dólares- bromea Bonillo mientras afirma que en la cuaresma (enero-abril), no se puede caminar sobre el lago porque el sol lo ablanda y quienes se atrevan a pisarlo corren el riesgo de quedarse “pegados” o ser engullidos como en un pozo de arena movediza.

Tras una hora andando sobre la enorme mancha prieta, arribamos a los taladros que continúan exhalando a borbotones la espesa resina surgida del subsuelo.

Un espectáculo centenario que ha sido contemplado por muy pocos venezolanos y extranjeros, quienes en su mayoría desconocen que el mayor lago de asfalto del mundo está situado en Venezuela.

Puerto abandonado

A cuatro horas de emprendido el retorno, flotábamos nuevamente hacia el destartalado muelle del pueblo de Guanoco, donde aún se empinan desde el caño los troncos sobre los cuales reposaba el atracadero de los buques extranjeros que se llevaron la brea hacia el norte durante casi 40 años.

De aquel boom petrolero dominado por EEUU sólo quedaron los escombros, los macizos pisos y columnas de las antiguas casas desmanteladas para construir ranchos y menos de 400 pobladores que languidecen a la orilla del camino, viendo pasar y devolverse los escasos vehículos que surcan la selva para llegar a los confines de la historia de los hidrocarburos en Venezuela.

La compañía

Aunque los waraos de la era precolombina ya conocían la brea natural y la usaban –según el Diccionario de Historia de Venezuela- para “impermeabilizar las velas de sus botes y calafatear sus canoas, (...) afirmar sus cestas tejidas y las paredes de sus habitaciones, para iluminar y como producto medicinal”, no fue sino hasta el 7 de mayo de 1883 cuando el gobierno de Antonio Guzmán Blanco otorgó una concesión a Horacio Hamilton y Jorge Phillips para explotar por 25 años el lago de asfalto de Guanoco.

Estos la traspasaron en 1885 a la New York and Bermúdez Co. “Esta concesión fue objeto de largo juicio de cancelación, por causa de la ayuda que le prestó la empresa a la Revolución Libertadora (contra el gobierno de Cipriano Castro), hasta el arreglo diplomático para reanudar relaciones con Estados Unidos, que finalizó en diciembre de 1908”.

La explotación de Guanoco comenzó en 1890 y cesó en 1934, cuando las trasnacionales se dedicaron al petróleo liviano y la NY&B Co. –mejor conocida por sus conflictos con Castro que por los aportes que dejó al país- optó por marcharse definitivamente.

Hasta entonces, la extracción acumulada en el lago conocido mundialmente como “Bermúdez” fue –según Orlando Méndez- de 8 millones de barriles, lo que equivale a 1 millón 250 mil toneladas métricas, aproximadamente.

El más grande

* Con 4 km2 de extensión y reservas de 75 millones de barriles, el lago de asfalto de Guanoco es considerado el mayor del mundo, seguido del Lago de la Brea, en Trinidad, que es cuatro veces menor en tamaño y está siendo explotado.

* Venezuela cuenta con 78 mil millones de barriles en reservas probadas de petróleo.

* Un ferrocarril (15 km) unía al lago con el muelle en Caño Guanoco, donde estaba el caserío del mismo nombre. Allí embarcaban el producto en tanqueros que salían al Golfo de Paria por el río San Juan.

* La NY&B Co. tenía más de un centenar de obreros de la región, la mayoría trinitarios (por el idioma) y algunos criollos, que quedaron desempleados cuando la empresa se marchó.

* En 1978, el Ministerio de Energía y Minas estudió la posibilidad de reexplotar el yacimiento, pero el plan no prosperó porque la investigación determinó que al parecer “no es rentable”.

Fuentes: Orlando Méndez y Diccionario de Historia de Venezuela (Fundación Polar).